Seis artistas que están reinventando el country

Nashville continúa siendo el centro de gravedad del country, pero ya no controla todas las puertas de entrada. Del funk mutante de Sturgill Simpson al banjo vanguardista de Kaia Kater, una generación de outsiders está demostrando que se puede transformar la música tradicional estadounidense sin pedir permiso.

No existe en toda la industria musical un puño de hierro tan inflexible e inquebrantable como con el que el establishment de la música country estadounidense, hiper centralizado en Nashville, Tennessee, gobierna el género. Por lo menos, así había sido hasta ahora.

 

En honor a la verdad, repasando los últimos setenta años podemos encontrar más de una ocasión en las que a las grandes discográficas de Music Row casi se les escapan las riendas de su caballo más mimado: la llegada entre finales de los 50 y comienzos de los 60 del conocido como “Bakersfield sound”: country rockanrolero venido de California y personificado en Merle Haggard y Buck Owens; la patada en la puerta (metafórica) de Willie Nelson, Waylon Jennings y el outlaw country desafiante y macarra; o la peineta (literal) de Johnny Cash y Rick Rubin a toda la industria del country.

 

Anuncio publicado por American Recordings en Billboard en 1998 tras el Grammy de Unchained, agradeciendo irónicamente su “apoyo” al establishment de Nashville y a la radio country.

 

Con la llegada de las redes sociales y las plataformas de música en streaming, la influencia de las emisoras de radio country a la hora de encumbrar a unos artistas e ignorar a otros, según los designios de los grandes sellos de Nashville, desapareció casi por completo. Este nuevo paradigma creó el escenario perfecto para que artistas que antaño hubieran sido marginados del mainstream encontrasen su propio público, cansado del sonido híper pulido y la actitud inmovilista que emanaba de las listas de música country.

 

Uno de los más veteranos y quizá el más cercano por el momento a alcanzar el estatus de leyenda es Sturgill Simpson. Aunque más ligado al country tradicional en sus inicios, Simpson ha sabido reinventarse con cada nuevo trabajo. Su tercer disco, “Metamodern Sounds in Country Music” (2014) se convirtió rápidamente en el estándar con el sus coetáneos medirían sus propios esfuerzos en el género. Después se embarcó en la odisea de rock and roll, sintetizadores y disco-funk que fue “SOUND & FURY” (2019) y volvió a las raíces con “The Ballad of Dood & Juanita” (2021) justo antes de abandonarlo todo, incluyendo Nashville y el propio nombre de Sturgill Simpson y reaparecer como Johnny Blue Skies (& The Dark Clouds). Bajo su nuevo alias, publicó, no sin filtrarlo él mismo en YouTube dos semanas antes, “Mutiny After Midnight” (2026). Un disco hecho, en palabras de Sturgill/Johnny: “con un objetivo simple, hacer un disco de baile”.

 

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Si Sturgill Simpson representa la vertiente más enraizada en la tradición de los Apalaches, Sierra Ferrell despliega un dinamismo estético y sonoro único que pilló a toda la escena country por sorpresa. Con el eclecticismo por bandera, la música de Ferrell no pretende amoldarse a los rígidos estándares del género sino jugar y revolverse en una amalgama de géneros populares anteriores a la Segunda Guerra Mundial: bluegrass, honky-tonk, gypsy jazz, calipso, etc. Su teatralidad con aires de vodevil, su mezcla de folclore sureño y psicodelia y sus colaboraciones con artistas de todo pelaje, desde Zach Bryan hasta Post Malone, han atraído a un tipo de público que quizá nunca se había imaginado disfrutando del dulce sonido de un banjo y un violín.

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Estados Unidos le debe mucho, muchísimo a su vecino del Norte en lo que se refiere a su aportación a la música country. De Canadá han salido gigantes como Robbie Robertson, Neil Young y, por supuesto, Shania Twain, la artista de country-pop más exitosa de la historia y antítesis total de la última aportación canadiense a esta lista. Con apenas 19 años Colter Wall publicó “Imaginary Appalachia” (2015), un EP de 7 canciones en el que demostró la seguridad y personalidad necesarias para versionar a una leyenda como Townes Van Zandt y el talento para que sus composiciones propias no se viesen eclipsadas por la del músico texano. Sus canciones son sobrias y crudas, hablan de vaqueros y forajidos, de la vida en el rancho y de las praderas de Canadá. Ya hemos oído a muchos cantar sobre esos temas pero, ¿esa voz? Nunca has oído nada como la voz de Colter Wall.

 

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La renovación del género no se limita a la parte lírica y estética, también se nutre del virtuosismo y la destreza técnica, una parcela tremendamente valorada en el country y, especialmente, en el bluegrass, donde la rapidez y la improvisación son fundamentales y donde Molly Tuttle ha decidido plantar su bandera. Nacida en el seno de una familia de músicos de bluegrass, Molly Tuttle se subió por primera vez a un escenario a los 11 años, grabó un disco a los 13 y fue la primera mujer en la historia en ganar el premio a guitarrista del año entregado por la International Bluegrass Music Association (IBMA) en 2017 y, de nuevo, en 2018. Tras alguna incursión en el terreno del indie y la canción de autor, Tuttle y su banda de jóvenes virtuosos “Golden Highway” publicaron “Crooked Tree” (2022) y “City of Gold” (2023), dos discos básicos para entender el rejuvenecimiento del bluegrass. La obra de Molly Tuttle, junto con la de su colaborador habitual, el tremendamente talentoso Billy Strings, ha sido capaz de tender puentes entre la compleja tradición sonora de los Apalaches y la sensibilidad pop necesaria para captar la atención del público más joven y menos acostumbrado a las dinámicas del género.

 

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Igual que algunos revitalizan géneros (casi) centenarios, hay otros que optan por crear los suyos propios. Charley Crockett lleva años trabajando incansablemente (19 discos en 11 años y continuas giras) para sintetizar la epítome del cowboy moderno. Su propuesta combina el country clásico, el honky-tonk texano, el blues del Mississippi, el estilo de los viejos crooners de los 60, la música norteña de la frontera con México y unos trajes bordados estilo Nudie Cohn insuperables.

Aunque estas propuestas están ya consolidadas en la nueva escena country, todas ellas crecieron en los márgenes de la corriente. Y a esos mismos márgenes son a los que debemos seguir asomándonos para encontrar más propuestas sorprendentes, ideas que hacen avanzar el género, que lo estiran y lo combinan y artistas que saben mirar atrás con nuevos ojos. Precisamente aquí es donde encontramos a Kaia Kater, canadiense con ascendencia caribeña, estudiosa del folklore y figura fundamental en la renovación contemporánea del banjo. La música de Kater, aunque con fuertes raíces en la tradición norteamericana, se expande en todas direcciones con un aire minimalista e incontestable y demuestra que la música tradicional puede servir como vehículo de vanguardia sonora y protesta social.

 


 

El monopolio de Nashville no ha caído, probablemente nunca lo haga del todo, pero una nueva generación de artistas ha demostrado no necesitar enfrentarse al establishment para cambiar las reglas del juego, para iniciar una revolución sonora y, sobre todo, estructural. Los forajidos y marginados son personajes arquetípicos del imaginario country y ya era hora de que se hiciesen con las riendas.

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